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Falta de tacto y ansiedad

Falta de tacto y ansiedad

Falta de tacto y ansiedad

La experiencia táctil que se vive durante la lactancia y la infancia no sólo produce los cambios apropiados en el cerebro, sino que también afecta al crecimiento y el desarrollo de los órganos finales de la piel. El individuo privado de experiencias táctiles sufrirá un feedback deficiente entre la piel y el cerebro que puede afectar gravemente su crecimiento como ser humano.

La relación corporal es la base de la interrelación con otros que denominamos sociabilidad, y que se produce por la cercanía de madre e hijo en la lactancia. Tal relación corporal íntima es básica para que el individuo se sienta bien consigo mismo; la sensación de relación corporal conduce a la sensación de autoestima. Fundamentalmente, la fuente de la autoestima es el amor. El lactante utiliza el cuerpo para expresar su amor y sus emociones. 

La falta de tacto se experimenta como una ansiedad por separación: una falta de contacto, de conexión. “Sólo conecta”, prescribió E.M. Forster a los personajes de su novela Regreso a Howards End. Algo de la naturaleza de esta ansiedad se hace evidente en los adultos que han sido privados de contacto físico y son capaces de expresar con palabras lo que sienten. El doctor Jimmie Holland y sus colegas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Búfalo presentaron un informe sobre pacientes con leucemia; como parte de su tratamiento, estos enfermos fueron aislados en habitaciones “sin gérmenes”, consistentes en una gran burbuja transparente, con visibilidad en ambas direcciones y medios de comunicación verbal, que servían para prevenir el contacto cutáneo entre el paciente y otras personas. Se observó que el principal inconveniente de la unidad era la falta de tacto humano Tres cuartos de los pacientes experimentaron una aguda sensación de aislamiento, sobre todo relacionada con la incapacidad de tocar o ser tocados directamente. La pérdida de contacto físico humano generaba sentimientos de soledad frustración, una sensación de frialdad y de falta de calidez emocional. También el personal se mostró preocupado por no poder tocar y reconfortar al paciente. Una paciente lo describe muy gráficamente:

Hace aproximadamente una semana empecé a ponerme nerviosa [ … ] no podía tocar a otras personas; sólo esperaba salir pronto de allí. Sentía que todo se cerraba sobre mí y era incapaz de soportarlo más. Tenía que tocar a otras personas, quería tocar a alguien, a otro ser humano. Si hubiera podido hacerlo, habría aguantado más tiempo. Pero no había forma de tocar a otra persona o expresar en modo alguno mis sentimientos hacia alguien tocando o estrechando su mano. Es muy difícil de explicar: te deja sin palabras. Sólo sientes que estás sola en el mundo y que todo es frío. No hay calor. El calor ha desaparecido y sólo sientes que no hay nada.

En su libro Lonely in America, Suzanne Gordon define la soledad como “una sensación de privación causada por la falta de ciertas clases de contacto humano”. La soledad se encuentra en el mismo grupo y es similar a la ansiedad de separación que experimentan lactantes y niños cuando se ven privados durante cierto período de tiempo de la presencia de sus madres. Es la ansiedad de separación la que nos causa inquietud, seamos adolescentes o adultos, si permanecemos solos durante un determinado período de tiempo y la que nos hace buscar a toda costa la compañía de otros. Es esta privación de contacto con otros lo que hace del aislamiento el peor de los castigos incluso en los límites del propio hogar.

La soledad es un estado de inconexión, de hallarse fuera de contacto con los demás o de desear estar con alguien que no se encuentra presente, de no tener a alguien a quien acudir para que afirme nuestra humanidad esencial.

En una reseña de la obra de Simon Gray Otherwise Engaged, Clive Barnes la describió como “Una salvaje denuncia de una moralidad contemporánea que es insensible en su despreocupada indulgencia, de personas que no desean ser tocadas, de un mundo de arte y letras impenetrable por la vida misma”. En un mundo así, las personas siguen vidas paralelas sin tocarse, sustituyendo relación por proximidad; es un mundo donde, como ha afirmado Rollo May, tocar es como mucho un torpe tentar a ciegas, en que desplazamos nuestros dedos sobre el cuerpo de otro intentando reconocerlo, pero incapaces de hacerlo por la oscuridad de la que nos hemos rodeado.

Ashley Montagu, Touching: The Human Significance of The Skin (El tacto: la importancia de la piel en las relaciones humanas), New York: Columbia University Press, 1971

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