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El Yo-piel y su centro de gravedad

El Yo-piel y su centro de gravedad

El Yo-piel y su centro de gravedad

Lo mismo que la piel cumple una función de sostenimiento del esqueleto y de los músculos, el Yo-piel cumple la de mantenimiento del psiquismo. La función biológica se ejerce por lo que Winnicott (1962, p. 12-13) llamó holding; es decir, por la forma en que la madre sostiene el cuerpo del bebé. La función psíquica se desarrolla por interiorización del holding materno. El Yo-piel es una parte de la madre -especialmente sus manos- que ha sido interiorizada Y que mantiene el funcionamiento del psiquismo, al menos durante la vigilia, de la misma forma que la madre mantiene en ese mismo tiempo el cuerpo del bebé en un estado de unidad y de solidez. La capacidad del bebé para mantenerse psíquicamente a sí mismo condiciona el acceso a la posición de sentado, después a la de pie y a la de marcha. El apoyo interno sobre su columna vertebral, como una espina sólida que le permite ponerse derecho. Uno de los núcleos que anticipan el Yo consiste en la sensación-imagen de un falo interno materno o, más generalmente, parental, que asegura al espacio mental, en vías de constituirse un primer eje, del orden de la verticalidad y de la lucha contra la pesantez y que prepara la experiencia de tener una vida psíquica para sí. Adosándose a este eje, el Yo hace actuar a los mecanismos de defensa más arcaicos, como la escisión y la identificación proyectiva. Pero solamente puede adosarse a este soporte con toda seguridad si está seguro de tener en su cuerpo zonas de contacto estrecho y estable con la piel, los músculos y las palmas de la mano de la madre (y de las personas de su entorno primario) y, en la periferia de su psiquismo, un círculo recíproco con el psiquismo de la madre (lo que Sami-Ali (1974) ha llamado “inclusión mutua”).

Blaise Pascal, tempranamente huérfano de madre, teorizó muy bien en física, después en psicología y en la apologética religiosa, sobre este horror del vacío interior durante mucho tiempo atribuido a la naturaleza y sobre esta falta del objeto soporte necesario al psiquismo para que éste encuentre su centro de gravedad. Francis Bacon pinta en sus cuadros los cuerpos decadentes a quienes la piel y los vestidos aseguran una unidad superficial, pero que están desprovistos de esta espina dorsal que mantiene el cuerpo y el pensamiento: pieles llenas de sustancias más líquidas que sólidas, lo cual corresponde muy bien a la imagen del cuerpo del alcohólico.

Lo que aquí está en juego no es la· incorporación fantasmática del pecho nutricio, sino la identificación primaria con un objeto soporte contra el cual el niño se abraza y que lo tiene en brazos; es más bien la pulsión de agarramiento o de apego la que encuentra mayor satisfacción que la libido. La unión, cara a cara, del cuerpo del niño con el cuerpo de la madre, está vinculada con la pulsión sexual que encuentra satisfacción a nivel oral en la mamada y en esta manifestación de amor que es el abrazo. Los adultos que se aman encuentran generalmente este tipo de acoplamiento para dar satisfacción a sus pulsiones sexuales a nivel genital. En cambio, la identificación primaria con el objeto soporte supone otro dispositivo espacial que se presenta con dos variantes complementarias: Grotstein (1981), discípulo californiano de Bion, ha sido el primero que las ha precisado: espalda del niño contra vientre de la persona objeto-soporte (back-ground object), vientre del niño contra la espalda de ésta.
En la primera variante, el niño está adosado al objeto soporte que se moldea ahuecándose sobre él. Se siente protegido por su parte posterior; es la espalda la única parte de su cuerpo que no se puede ni tocar ni ver. La segunda posición, la del niño tumbado juntando la parte de delante de su cuerpo a la espalda de la persona que cumple para él la función de objeto soporte, aporta al interesado la sensación­sentimiento de que la parte más apreciada y frágil de su cuerpo, es decir, su vientre, está protegida detrás de la pantalla protectora, el para-excitación originario que es el cuerpo de este otro mantenedor.

 

Didier Anzieu, El Yo-Piel, Biblioteca Nueva, 2003

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